Lluvia.
1 jul
Aún sigue ahí, sentada en ese viejo sillón de mimbre que siempre le ha gustado tanto. Parece llevar años así, y, si pudiéramos recuperar la respiración tenue y clara del tiempo, el aliento de estos últimos diez años, estos nos contarían cómo la arroparon sin cesar, sedimentando sin querer una tristeza liquida que se cuela ahora por la vieja garganta de la mujer, ajada, sin voz, palidecida por el whiskey.
-Canturreo mi nombre, sólo mi nombre, Lluvia, Lluvia, para no morir de soledad…
Un periquito mira tímidamente desde el balancín de su jaula. Sólo Lluvia lo ve.
-Canta conmigo, Babú, canta a la lluvia, canta al sol…
La jaula la mira, vacía, llena de recuerdos que pinchan la espalda de la mujer. Su tez blanca se contrae proyectando miradas inertes e inexpresivas que atraviesan la habitación. El canto se apaga y la luz también. El pelo, tan blanco como la nieve pura, parece querer brillar tímidamente entre las sombras, que permanecen quietas. Sólo los canos cabellos y el vaso en su mano resplandecen, y los ojos verdes y cansados se mueven despacio debajo de los párpados, que agotados, caen como persianas que asesinan el exterior.
La falda verde caqui acaricia el suelo desde la silla de mimbre, y los pies, cruzados, bailan acompasados por los segundos que truenan en los oídos de la mujer. Una chaqueta negra cae sobre sus hombros, aunque bien podría ser gris. El lugar permanece casi en la penumbra, y así se quedará. La lluvia mojará el otoño entre cánticos y pájaros muertos. Las ventanas cubren el cielo gris, protegen la tristeza de nuevos soplos de mundo libre. Lluvia será lluvia, triste y húmeda como su propia garganta, agridulce y bella como la muerte más desoladora.




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