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AVENTURAS DE CHICOS

4 ago

AVENTURAS DE CHICOS

 

Después de todo, en cualquier momento, algún ruso loco iba a apretar un botón y todo saltaría por los aires, aun así, Indy, Indiana, Junior como lo llamaba su padre, el profesor Jones como era conocido en la universidad, se agitaba inquieto en el asiento de aquel avión. Porque a fin de cuentas, acababa de tomar una resolución arriesgada, tal vez, era la primera vez que asumía un verdadero riesgo en su vida, y quizá, se había precipitado.

Haber salido de su apacible vida provinciana fue todo un reto, pero qué podía hacer después de haber asistido a aquel último congreso de arqueología en plena gran manzana. En la vorágine de la ciudad había conseguido liberarse, había descubierto los encantos de la urbe, y todo por culpa de haberse topado con  aquel guapo extranjero tan distinguido.  Nada fue igual después de haber dormido con él, su vida ya no podía dar marcha atrás, no podía ser como había sido hasta allí. Por eso, en un arrebato, tomó aquel avión, decidido a acabar con el intenso malestar y la opresión de saberse encerrado, día tras día, noche tras noche, en su pequeño mundo universitario, en su pequeña ciudad, en su despacho -recibiendo alumnos, preparando clases, leyendo libracos- y comiendo lo que la buena señora Mulligan cocinaba para él cada día tras adecentar primero su pequeño apartamento de irreductible y codiciado soltero, y salir  acaso las noches de algunos sábados para reunirse con unos pocos colegas y ver entre cervezas y bromas un partido de fútbol o baseball. Luego tal vez echar un baile, tal vez algún flirteo con alguna de las modosas hijas de las mejores familias de la zona, para cuando ya volvía solo a su apartamento acabar matándose a pajas pensando en tal o cual de los chicos que había visto o recordaba haber visto en algún momento de esa noche o de cualquier otro momento.

Pero ahora viviría una nueva vida, más acorde con sus deseos más soterrados e íntimos, además ya no estábamos en la edad de las cavernas, ya habíamos llegado a la década de los sesenta, y ya nadie se preocupaba de qué hacia nadie. Y antes de que los rusos o los chinos, o cualquier otro loco dirigente decidiesen acabar con todo, él iba a empezar a vivir, para poder decir que era feliz, y si luego todo acababa por saltar por los aires debido a una hecatombe nuclear él sería un joven y hermoso cadáver que por fin había vivido.

El Foreing office era un edificio mucho más impresionante de lo que había imaginado, antes de entrar se acongojó: ¿y si James no estaba?, ¿y si James sí estaba pero no quería verlo?, o ¡se disgustaba por encontrárselo!, a fin de cuentas, cuando el domingo se despidieron únicamente le dejo, tras besarlo lentamente y con ternura, un larguísimo número de teléfono en la mano “por si vas alguna vez a Londres” dijo con su afectado y melifluo acento británico. Pues bien, ahora estaba aquí, en la vieja Europa, en el viejo Londres, con el apretado bagaje de los buenos y gratos recuerdos de unos pocos días en Nueva York, habiéndose sentido como una gacela en libertad,  que durante esas pocas noches había descubierto al fin el placer carnal.

En cuanto preguntó por el señor Bond lo sometieron a un montón de incómodos controles, y sobre todo tuvo que sufrir una larga y complicada entrevista donde le preguntaron tantas cosas que apenas pudo responder a alguna de ellas a derechas, entre lo que no sabía de James y lo que prefería ocultar. Acaso Bond era un pez gordo del ministerio, ¡acaso era el propio ministro!, o sin llegar a serlo alguien cercano a la reina, todo lo que estaba pasando contribuyó a ponerlo aún más nervioso. Acabaron por indicarle cómo llegar hasta un despacho en el que su secretaria, una tal Monie Penny, le recibiría.

Resulto ser una mujer pizpireta y algo regordeta de nariz respingona y sonrisa amplia, que llevaba el pelo recogido en un ditirámbico moño alto.

- Siento comunicarle que en estos momentos el señor Bond está de viaje- fue lo que aquella arpía con cara de mofeta le dijo al nervioso Jones.

- ¿Podría decirme cómo puedo ponerme en contacto con él por favor, el único número de teléfono que tengo suyo es de este edificio?- preguntó Indy deslizando al tiempo, con el índice de su mano derecha, el puente de sus gafas de pasta hasta ajustarlas adecuadamente al entrecejo.

- Pues me temo que no podre ayudarlo. No se me permite dar ninguna información personal del señor Bond- y la mujer volvió a sonreír casi mecánicamente mientras apretaba sus grandes pechos entre los brazos acodados sobre la mesa, algo en lo que el americano no quiso fijarse.

Cuando ya había salido aquel extraño hombre americano de traje de tweed y aspecto anodino la cursi secretaria registró la visita en un enorme libro verde por si pudiera tener alguna importancia para su misterioso jefe. Podía tratarse de un agente amigo. O de un enemigo haciéndose pasar por tal. Incluso podía tratarse de un agente doble al que convenía desenmascarar. Tras lo cual siguió limando sus las largas uñas que luego volvería a pintar de rojo.

Así que todo había sido infructuoso; había saltado el charco para nada. Simplemente iba a conseguir hacer algo de turismo por Europa. Y luego tendría que volver, cabizbajo, a su oscuro despachito abarrotado de libros, y fotos de piedras y viejos templos remotos, de pequeñas imágenes de ídolos paganos provenientes de civilizaciones ya perdidas, de hachas de sílex, piezas aztecas, o puntas de flecha de los indios Arapahoe. No le quedaba más remedio que volver a su metódica vida académica, a sus abrumadores estudios y a impartir sus clases. A disimular el sonrojo que le producían los alumnos más guapos, o sus otros colegas más guapos, o cualquier hombre guapo.

Desilusionado y taciturno decidió sentarse  a comer una hamburguesa en un pequeño pub cerca de la estación Victoria, he intentar distraerse viendo la televisión.

Fue sólo un instante, para otro acaso insuficiente, pero él tenía gravado en el cerebro aquel rostro enjuto y algo cetrino de mirada perspicaz e intimidatoria, y aunque en la imagen se le veía rodeado de mucha otra gente sin duda se trataba de él, el mismo a quien había besado, a quien amaba, James. Por lo que el locutor dijo se trataba de un reportaje del reciente cumpleaños de la princesa Graciela de Mónaco, la rubia rebelde y mimada que no sabía vivir sin ser el centro de atención allá donde estuviese e ir de escándalo en escándalo para bochorno de sus regios padres.

Así que pensó que si había sido capaz de llegar hasta Londres también llegaría hasta Montecarlo. Tenía que volver a ver a James para saber qué hacer con su atribulada vida.

Lo único que conocía Indy de Mónaco era lo que había visto en “Rebeca:” un apiñado conjunto de apretados edificios derramados en la ladera de un monte sobre una espléndida bahía, un lugar donde adinerados y snobs se juntaban a pasar el verano y a jugar a la ruleta y al bacarrá.

Pero como ya estábamos en 1.965 los bañistas usaban slips; y antes que las excelencias de la Riviera, los encantos viriles de estos distraían más de lo que pretendía reconocer su atención. El timorato profesor Jones, acostumbrado como estaba a usar y ver usar unos calzones largos y feos que sólo descubrían los muslos nervudos y vellosos de los chicos, se paseaba por la playa de Montecarlo casi obnubilado. Podía no acabar encontrando a James, pero al menos iba a recrearse entre tanto italiano o francés, o lo que diablos fuesen, guapos, bronceados, apolíneos y casi desnudos tomando el sol.

Alquiló un esmoquin para poder entrar en el casino. Se le ocurría que era el mejor sitio para hallar a su amigo. Además si ese elemento andaba con la princesita sería ahí donde lo acabaría por ver. Guardó su querido traje de profesor en la maleta doblándolo con cuidado. Y como quería impresionar a James se echó brillantina en el pelo, y a pesar de su evidente miopía se quitó las gafas. Parecía un gigoló.

El casino resultó ser el sitio más bullicioso y glamuroso en el que él había estado en su vida. Estaba atiborrado de gente. Hombres atractivos en esmoquin como él, algunos que parecían peces gordos: hombres de negocios, aristócratas, y magnates. Además había chicas con espléndidos trajes de fiesta que lo dejaban patidifuso por su elegancia y colorido. Todos allí parecían salidos de una película de Fred Astaire y Audrey Hepburn. Cada quien iba de un lado para otro acercándose a las distintas mesas a jugar o ver jugar. El característico sonido de la ruleta se mezclaba con la cálida voz de una cantante que desde otra sala hacía llegar sus melancólicas canciones de amor… Indy algo atolondrado trataba de abarcarlo todo; esperaba que en cualquier momento ante sí apareciese James. Y ese deseo de volver a encontrarse con él no lo dejaba respirar bien ni pensar qué iba a decirle, qué iba a hacer al volver a verlo. Sólo quería que esa ansiedad agarrada a su alma o a su estómago como un esparadrapo cesase.

Cuando ya estaba cansado de dar vueltas, cuando ya había estado en todas las salas, observado todas las mesas, y visto todo cuanto allí ocurría, cuando ya se había fijado en cada tipo que por allí andaba, alguien a su lado, de repente, señaló casi con indiscreción a la inconfundiblemente bella y rubia princesa Graciela de Mónaco sentada en una de las barras de bar bebiendo sola.

Así que sin pensarlo mucho corrió como un gamo hacia ella.

- Permítame… princesa…- empezó a hablarle cohibido.

- ¿Sí? ¿Pero quién es usted? ¿Qué coño quiere?- dijo ella, que estaba evidentemente achispada, y se le cayó la melena sobre la mitad del rostro, algo que ella trató de evitar con la mano que tenía libre pues con la otra sujetaba la copa de la que bebía cuando se volvió hacia él.

- Verá, busco a un viejo amigo mío, y creo que usted lo conoce…

- No me dé la tabarra… yo no conozco a nadie… a usted menos que a nadie, seguro que es de uno de esos paparazzi de cualquier semanario sensacionalista y sólo está buscando una foto… pues sabe qué le digo, que una mierda, eso, que se chinche, una mierda para su periódico, una mierda para usted, una mierda para Montecarlo, que les den a todos… ¿pero dónde se han ido?… esto cada día está más aburrido…- soltó entre sorbo y sorbo la joven princesa conteniendo un fuerte hipido que hizo temblar su esbelto cuerpo desde su cabeza hasta las nalgas que estaban posadas en un taburete del que casi se cae.

- Pero yo creo que usted conoce a Bond, James bond

Entonces la princesa abrió desmesuradamente sus ojos verdes e inspiró antes de soltar un breve pero sonoro eructo. La mujer se volvió al barman y guiñándole un ojo le pidió otro martini seco, agitado y no batido; y luego de un largo sorbo, echando el cuello blanco de cisne hacia atrás se terminó el que tenía en la mano. Blandió con la otra, como si fuera un sable, la aceituna ensartada en el palillo y volvió a hablar:

- Que les den… ¿Qué quería usted? ¿Es uno de los amiguitos de mi tío Horacio? Seguro que es uno de los amiguitos del tío Horacio… ¿Dónde está el tío Horacio? ¿Pero a dónde se han ido sin mí? ¡No vuelvo a venir aquí, hala! ¿Nadie quiere jugar al brige? A la tía Florence le gusta jugar al brige. ¡Tía Flo! ¿Dónde estás, tía Flo? Yo sólo quería coger un lirio, nada más, no pisé a propósito el arriate, juro que no lo hice a propósito tía Flo… es culpa del tío Horacio… él siempre me mete en todos los líos… él y sus amigotes… ¿eh, dónde se han ido todos?

- Bond… lo recuerda… mi amigo Bond

- ¿Bond?… ¿Y de qué conoce usted a esa sabandija?…

- Lo cierto es que nos conocemos hace poco…

- ¡Sí, sí, sí… me da igual, no quiero saber más… todos decís lo mismo, todos sois unos…! pues te equivocas de princesa muchachito… ese gusano amigo tuyo anda bailándole las aguas a la pelandusca esa… el muy… ya me lo advirtió el tío Horacio…

- Pero…

- ¡Déjeme en paz, plasta!- y de un manotazo apartó al americano y empezó a andar dando tumbos- no ve que estoy delicada de salud ¿Porque esto no es un barco, verdad?… ¡Sí, en Mónaco nos divertimos mucho, y yo estoy hasta el culo de Mónaco, aquí me aburro, me aburro, y me aburro…!

Indy con cara desencajada vio marcharse a la aristócrata y se quedó solo ante la barra, perturbado, perdido, casi sintiéndose un niño pequeño.

- La princesa quiso decirle que su amigo está en compañía de la princesa Zulema, señor- dijo discretamente el barman acercándose a él.

- ¿La princesa qué?

- Zulema –y ante la cara de papanatas que debió poner Indy, el barman continuó explicando- …No me diga que no sabe a quién me refiero. Es la expectación de la temporada desde que atracó hace unos días con su yate. Se ve que no está usted muy al día, no debe leer los ecos de sociedad… Acaban de repudiarla. Una triste historia, una mujer realmente hermosa pero que no puede tener hijos. Ya sabe como son esos moros. Su marido, el jeque de Damasco, le ha dado puerta. Así de sencillo. ¡A ver quién puede hacerlo aquí de esa manera? Por eso la llaman la princesa triste de los ojos azules…y ha caído con toda su fortuna y belleza en la costa azul para consolarse. No está desaprovechando ninguna noche se lo aseguro. Recorre cada local, va a cada fiesta, y siempre monta todo tipo de sarao, corren ya rumores… ya le digo es la reina de Montecarlo en estos momentos, y eso, claro, a esta la pone de los nervios.

- ¡Ah!- abrió la boca Indy.

Camino del hotel Indy iba pensando que tal vez el destino era eso: llegar siempre tarde a todo, al amor, a la vida… tal vez debía olvidarse de haber conocido a James, tal vez debía contentarse con lo que habían vivido en Nueva York y volver a su universidad, encerrarse en su despacho, tragarse el roastbeef de la señora Mulligan cada domingo… no era lo peor que le podía pasar a alguien. Este precipitado viaje había sido un rapto de locura impropia de él, y no debía darle mayor importancia. Después de todo había conocido a la princesa Graciela de Mónaco, y eso ya era toda una experiencia para un simple pueblerino.

Estaba amaneciendo y llevaba la pajarita desanudada cayendo lacia sobre el pecho, la camisa desabotonada, parecía como si lo hubieran sacado de un viejo filme de Hollywood, como Cary Grant en “La fiera de mi niña.” Entonces vio pasar a su lado un Aston Martin y escuchó unas risas. Era James y a su lado una mujer morena que era quien reía y que tenía que ser la princesa Zulema. Corrió tras el coche llamando a gritos a Bond pero no lo escuchaban; ellos iban entretenidos pero vio como se paraban a la puerta del Gran Hotel. Antes de que Indy hubiese llegado a la carrera ya se habían bajado del vehículo y penetrado en el hall.

Cuando por fin traspasó la puerta giratoria, sudoroso, con la respiración agitada, despeinado, aún tuvo aliento para alzar la voz:

- ¡James!- llamó

Bond se giró y pareció quedarse impasible, con cortesía le dijo algo al oído a la princesa Zulema que vista de cerca resultaba ser una mujer hermosísima, de pelo muy negro y rasgados ojos azules, y que se fijo con descaro en el extraño que desde la puerta les había dado el alto. Perplejo Indy no daba crédito a lo que estaba viendo: del cuello de aquella dama colgaba el más famoso brillante que jamás había existido, ¡tenía que ser la pantera rosa!, era tal y como las crónicas lo describían,  la excepcional piedra que Alejandro Magno, al conquistarla India, había regalado a Roxana, buscado desde la antigüedad, sólo descrito en unos pocos textos de forma imprecisa y por algún rapsoda. Cualquier arqueólogo del mundo hubiera dado lo que fuera por estar allí en ese instante, apreciando las maravillosas irisaciones rosas que aquella piedra emblemática desprendía. Él podía ahora confirmar que no era una leyenda, el diamante existió, existía.

Entonces, de repente, aún en shock, vio a James dirigirse resuelto hacia él y a Indy empezaron a temblarle las piernas y quiso salir huyendo. Qué le iba a decir. Cómo le iba a explicar por qué había venido hasta allí: una simple casualidad acaso… qué era aquello… porque el propio Indy aún no sabía qué significaba todo lo que había ocurrido, todo lo que podía suceder.

- ¡Pero diantre Jones, qué haces tú aquí?- dijo Bond como hubiera hecho Phileas Fog si en su vuelta al mundo se hubiera tropezado con alguno de sus compañeros de club.                                                       

Indy despertó como de un sueño y cruzó intensamente la mirada con Bond. Sí, estaba nuevamente ante James. Tal vez en poco tiempo Mao Tse Tung movilizase a millones de chinos e invadiesen hasta incluso Montecarlo, pero ahora él estaba allí, tenía delante al único hombre que había besado. Había recorrido medio planeta para volverlo a ver… Sin embargo no sabía qué decirle, qué explicarle, y sólo sentía deseos de abrazarlo de nuevo.

Su hotel era mucho más modesto que el gran hotel de la princesa Zulema, y aun así le salía carísimo. Indy, todavía vestido, estaba tumbado sobre su cama, con la vista miope perdida en el techo. La luz intermitente de los neones de la calle entraba por su ventana iluminando de distintos colores la estancia. Si fumase elegiría ese momento para hacerlo, o se emborracharía, hasta se metería LSD en ese estúpido momento. Estaba tan amargado y solo como el Rick de “Casablanca,” allí en aquel cuartucho sin James pero aún con su olor a lavanda embargándolo. Cómo pudo pensar que podía convertir su vida en un sueño. Qué tipo de vida pensaba tener: vivir con James en un lujoso apartamento del centro de Londres; sacar a pasear los perros cada día -porque tendrían sendos perros-; desayunar leyendo Bond la prensa deportiva y él la prensa americana… ¡saliendo cada noche, uno con la princesa Graciela y otro con la princesa Zulema…! sería una vida tan perfecta como si fuesen Doris Day y Rock Hudson… en la que siempre acabarían por retozar como dos dirigentes rusos, que eran los únicos que se atrevían a besarse en la boca en público. Qué excusas pondría James cuando más tarde pasase por allí como había dicho que haría en el hall del Gran Hotel. Qué explicación le daría. Que era un Casanova; que las princesas eran uno más de sus pasatiempos; que, a veces, como por accidente, se enredaba con bisoños y provincianos profesores de universidad al ir de viaje a otra ciudad, a otro país, a otro continente, ¿qué haría al irse a otro hemisferio?…

Se dio cuenta de que se había quedado dormido cuando el sol, que entraba por la ventana, lo despertó. Permanecía vestido sobre la cama sin deshacer.

Tenía razón la princesa Graciela de Mónaco… Montecarlo era una soberana mierda.

En cuanto bajó de su habitación al vestíbulo le entregaron una nota que apenas unos instantes antes habían dejado allí para él:

“Me gustaría volver a verte pero ahora estoy ocupado trabajando, y no tengo tiempo para reunirme contigo. Lo siento, parto inmediatamente.”

Indy no pudo evitar querer saber a dónde se iba ese cobarde hipócrita. Con qué princesa se enredaba ahora. Cuál era su juego, darle largas… pues se iba a enterar de quién era Indiana Jones.

No tuvo dificultad para averiguar que se había ido con la princesa Zulema a Ciudad del Cabo porque todo Montecarlo sabía eso.

Cuando se subió al aeroplano que lo iba a llevar allí se iba convenciendo a sí mismo de que no perseguía a Bond sino que iba persiguiendo “la pantera rosa.” Ese misterioso brillante que era la joya más hermosa de la historia, y el sueño de cualquier arqueólogo. Decía la leyenda que después de adornar el cuello de Roxana se perdió su paradero y acabó por aparecer siglos después en el de las mujeres de la familia Julia de Roma. Incluso había relatos que también lo colocaban en el escote de Cleopatra. Pero poco más se sabía, incluso se había siempre creído que era una imprecisión de Tito Livio y Posidonio, y que cuando Virgilio lo nombró en un pequeño poema no había hecho más que contribuir a alargar su leyenda. Porque luego sólo se nombraba en fuentes poco fiables y siempre de forma vaga… pero él ahora la había visto, aquel pedrusco increíble y perfecto colgaba del cuello femenino de la compañera de su ex amante.

Ciudad del Cabo le pareció una ciudad hecha de hojalata salvo las calles donde vivían los blancos, que además eran todos ricos, donde la ciudad se convertía en el edén. Su hotel estaba en esa última zona, verde, frondosa, ajardinada.

No sabía, nuevamente, cómo empezar a buscar a James, hasta que cuando ya llevaba dos días allí intentando enterarse de su paradero a través de las embajadas, de los registros de los hoteles, de la policía, etc., vio a la princesa Graciela con pantalones de montar y una fusta en la mano sentada en la barra del bar de un hotel de lujo. Según se acercaba a ella comprobó que aún estaba serena.

- ¿Se acuerda de mí?

- Pues no- dijo altivamente la princesa- la verdad es que no, ¿debería conocerlo?

- Soy amigo de su amigo Bond.

- Que es usted amigo de esa gallina de apariencia humana- y dirigió su mirada glauca hacia el infinito con introspección, como si dentro de ella todas las vísceras se estuviesen recolocando, el corazón en mitad del pecho, el hígado a la derecha del abdomen, las tripas apretadas y enredadas en el centro del vientre…- ¿y en qué puedo ayudarlo si puede saberse?- inquirió la mujer mientras sorbía el martini que sostenía en la mano.

- Pues la verdad, ya es casualidad, pero me enteré que anda por el país y querría si fuera posible volver a saludarlo- respondió Indy, intentando resultar desenfadado y cordial.

La mujer puso una expresión cínica en su bello rostro antes de empezar a hablar:

- Mi tío Horacio siempre me dijo que es de muy mala educación buscar a los amigos, a lo mejor ellos pretenden perderse; los amigos aparecen, se tropieza uno con ellos ¿entiende? y ya está. Sin embargo, porque deseo que esa rata sufra, le diré que está de safari… con el zorrón de Zulema… ¿Y usted es muy amigo de James?- preguntó con una evidente sorna la princesa.

- Pues… pues… del único tipo que hay, amigo de amistad… vamos, amigos, sólo amigos, amiguísimos…

- Sí… sí, ya sé, no siga… sólo amigos, lo he oído miles de veces antes- le interrumpió abruptamente la mujer.- Bien, mire, dentro de media hora salgo al encuentro de ellos…, así que si quiere, en mi jeep habrá sitio y lo acerco ¿ok?

- ¡Oh, sería además de un gran favor un placer para mí!

- ¡Dios mío! Tiene razón el tío Horacio… son todos ustedes tan estúpidamente formales y educados… todos pulcros y relamidos, se les cata a la legua… ¡mire! me importa un carajo lo que haya entre usted y ese mamón, pero no me perdería por nada del mundo la cara desencajada que pondrá la puta esa cuando nos vea aparecer.

Indy prefirió hacer que no entendía el sarcasmo con que habló la princesa y por banalizar preguntó:

- ¿Programaron hace tiempo ustedes este safari?

- No sea panoli, soy una princesa, nola JackieKennedyesa, por tanto, odio las serpientes, las arañas, las hormigas, cualquier otro gusano, caracol, o bicho tenga patas o no, detesto el olor pútrido y nauseabundo de las fieras, en definitiva odio el campo, porque me salen ronchas y sarpullidos… y nunca programo nada, todo lo hago caprichosamente, me entiende, porque me dirigen la vida ¿sabe? Así que yo me salto el protocolo y ya está… Pero ese desgraciado me ha dejado plantada… ¡a mí! ¡En mi cumpleaños! y necesito vengarme de él o no dormiré tranquila en mucho tiempo. No sabe usted lo obstinada y cabezota que es una princesa con insomnio ¿entendido, ahora? Voy a aguarles la fiesta. Voy a usarlo a usted para ello, nada más, ¿le queda claro?

Indy se encontraba apocado casi desalentado. Apenas hacía unos días estaba en su tranquila universidad decidiendo tomar las riendas de su apocada vida, pensando en soltarse la melena; remontándose atrás un par de semanas había tenido lugar el punto de inflexión de su anodina existencia, aquel, maldito o no, congreso de Nueva York, que hubiera sido como cualquier otro si en aquellos días no hubiera conocido a James…  y desde allí todo había sido una constante aventura aunque cuajada de contrariedades y abandonos. Antes todo había sido demasiado previsible, todo planificado, todo convencional, casi quizá como en la vida de una princesa,  hasta que llegó la locura, una constante tormenta en su cabeza, y esprintar…

Así había llegado a África y se decidía a adentrarse en la selva con una distinguidísima princesa europea persiguiendo a un hombre que acompañaba a otra princesa exótica y acaudalada.

Cada vez el paisaje se hacía más agreste; columbraban grupos de animales que al paso del vehículo se ahuyentaban por el ruido gangoso del motor. En esos momentos hubiera dado algo por sentirse como John Wayne, pero él no era así, no era duro y de una pieza como forjado en acero, él era un mequetrefe, una rata de biblioteca que llevaba el olor de los libros en los poros de la piel, y allí ante sí, aquella naturaleza hermosa y abigarrada. Y junto a él aquella hermosa mujer que lo dejaba sexualmente indiferente, en fin, el mundo era una porquería y además pronto los rusos iban a iniciar la guerra nuclear, y todo, también él, se irían a tomar por el culo.

Pararon a mitad de camino a hacer un picnic, mientras comían unos sandwiches, la princesa, con su característico sarcasmo agresivo habló con él, casi parecía odiarlo tratándolo con cierto desdén. Él apenas abrió la boca mientras que ella saltaba de un tema a otro sin importarle si la oía o no, sin esperar realmente que él contestase algo, como si le diera igual hablarle a él que a cualquiera de los portadores negros que los acompañaban. A lo peor es que las princesas siempre eran así, hieráticas y dominantes, ensoberbecidas y autosuficientes.

Cuando llegaron al campamento de la princesa Zulema, Graciela de Mónaco que iba conduciendo desde que lo avistaran hizo derrapar el jeep, y se bajó de él quitándose con desparpajo y elegancia sus gastados guantes de piel. Igual se hubiera bajado de un avión, de un caballo, de un elefante… James nuevamente se mostró flemático, como si la visita fuese lo más lógico del mundo. La princesa Graciela se siguió acercando con un paso ágil y decidido, casi viril, mientras Indy iba un poco por detrás, algo encorvado, tratando de apurar el paso como un niño tras las faldas de su madre.

- Vaya casualidad también habéis decidido venir a pasar unos días al campo… ¡James, cariño, prepárame un té!- dijo hipócritamente la maliciosa princesa Graciela- y antes de que ninguno de los otros pudiera contestarle, soltó- creo que no conocéis a mi hermano…

- ¿Tu hermano?- preguntó crispada Zulema mientras el color escapaba de su rostro, antes acalorado- ¿Cómo no me lo presentaste en Mónaco?

- Bueno, realmente es un secreto de familia. Ya sabes querida como son estás cosas, es uno de esos asuntos inconvenientes ¿me entiendes? una de esos líos que se guardan debajo de las alfombras de palacio… Es el hijo de mi tío Horacio y de mi madre.

- ¡Pero, caspita, Graciela, si tu madre es la hermana de tu tío Horacio!- Y entonces James si pareció alterarse ligeramente mientras le pasaba una taza de humeante té a su mentirosa amiga.

- Bueno, pues por eso es un secreto, y además un secreto a la altura de una gran familia…, todas las casas reales tienen algo así tras la corona y el trono, es lo que nos mantiene siempre a la altura de las circunstancias, ¿o qué creías, que es fácil adquirir la majestad y ser solemnes y regios y todo eso que somos los de sangre azul? ¡ja!

- ¡Qué curioso… qué guapo…!- dijo Zulema.

- sí, la pena es que salió un poco corto… ¿ya sabes?…problemas de consanguinidad- espetó rauda Graciela como si lanzase una estocada de esgrima.

- ¡Bueno qué se le va a hacer! pues nada bienvenidos, antes de dormir podemos echar una partidita de pócker, y nada de usar habichuelas, jugaremos con dinerito contante y sonante- replicó Zulema.

Así que allí en medio de la selva estaban aquellos cuatro personajes: dos damas, una rubísima, otra morena, como si fuesen Marilyn Monroe y Jane Russell; y dos tipos que habían cambiado el esmoquin por saharianas y bermudas como si fuesen Clark Gable en “Mogambo.” Aquello era una bomba de relojería y nadie sabía qué podía acabar ocurriendo, quién iba a dormir con quién, si alguien iba a poder dormir, o si empezaría la tercera guerra mundial, si aparecerían más hijos ilegítimos de cualquiera de las dinastías presentes, o si a todos se los llevaría por delante la marabunta o una estampida de elefantes. Porque vamos a ver James podía querer hacer compañía a una morena o a una rubia, o para mayor complicación podía querer juntarse con un viejo camarada que parecía ser algo tonto. No cabía duda que él, el americano, no había dicho su última palabra y, podía querer enseñar a alguno de los porteadores negros que iban en taparrabos cositas de las suyas. Las princesas que hablaban y hablaban sin dejar de sonreírse podían acabar tirándose de los pelos. Y había que contar  con el hecho no improbable de que  si todos se echaban a dormir se acercase al campamento un fiero leopardo. Porque la selva que es un sitio muy acogedor alberga ese tipo de fauna, y no deja de estar llena de peligros y misterios, cualquier ruido en la noche se convierte incluso en la menos fértil de las imaginaciones en las posibles mayores amenazas. Aunque a la vez todo en ella es un remanso de paz y un silencio intenso y  sobrecogedor de unas dimensiones enormes como el cielo estrellado y oscuro que lo enseñorea todo.

Bien entrada la noche James se coló en la tienda de Indy dándole un susto de muerte porque se veía devorado por un león o una pantera,  o bien atacado por algún salvaje con un hueso atravesándole la nariz y una afilada lanza en la mano.

- ¿Qué casualidad que hayas viajado hasta aquí?- pregunto Bond con su templada voz de barítono.

- Sí, vaya casualidad ¿verdad?

- ¿Jones, no habrás querido venir a verme?… Porque estoy  trabajando ¿sabes?

- Pues vaya  si que tienes un trabajo extraño… ¿es muy complicado y duro esto tuyo…?  Pues no, siento decepcionarte, mi presencia aquí es también por un interés meramente profesional- e Indy pensaba en la pantera rosa al decirlo.

- Ah, bueno, me alegro entonces de habernos vuelto a encontrar. Veo que has intimado con Graciela… ¡Ah, si me permites un consejo, no la dejes mangonearte…! Es muy buena chica, un poco cascarrabias, ¿ya sabes? está harta de hacer siempre lo que quiere y de que la obliguen a hacer lo que no quiere, así que le gusta convertir a todo el mundo en sus  bufones.

Bond salió de la tienda erotizado y contrariado. Por ello decidió no acostarse aún, paseó bajo la luna respirando el sereno aire de aquella magnífica noche, quizá recordaba su última visita a Nueva York, las locuras cometidas allí. Se acercó a la fogata, en ese momento, si no tuviera un alto deber que cumplir se hubiera vuelto a acostar con Indy. Entonces sintió pasos a su espalda, al volverse, vio la preciosa cara de la princesa Graciela que lo miraba fijamente con gesto mohíno.

- Tampoco puedes dormir- dijo él.

- Ya me lo decía mi tío Horacio, no te intereses en nadie como yo que somos malos de entender… ¿por qué huyes de mí, James?

- ¡Pero querida yo no huyo de ti! ¿Qué loca idea ronda esa preciosa cabecita tuya?

- Te va más mi hermanito ¿no es cierto?

- ¡Oh! Ya entiendo… sólo es alguien que conocí una vez… nada más, no tiene mayor importancia.

- Ya… –suspiró la princesa- siempre eres así, llegas y te vas, con todo el mundo actúas así… el gentil y perfecto James, el domador de amantes. Todo el mundo para ti es eso, alguien a quien conociste alguna vez, alguien sin importancia: ese infeliz, Zulema, yo, cualquiera… bueno, me voy a dormir ¿sabes?… sola…. Porque estoy un poco aburrida aquí, lejos de casa, tan sola… en Mónaco por lo menos soy yo quien monta las fiestas… allí además siempre hay un idiota lo suficientemente amable para ayudarme a meterme en la cama ¿verdad James que siempre es así…?

Y Bond siguió con la vista y cierta tristeza la esbelta figura de la princesa perderse en las sombras camino de su tienda.

A la mañana siguiente todo el grupo se fue de cacería, mientras los ojeadores iban delante se mantenían callados cada uno con sus respectivas armas cargadas, todos con la idea de meterle un tiro en el entrecejo a un rinoceronte o a un león.

Las chicas rivalizaban entre sí en belleza, recibiendo el aire fresco de la madrugada, apoyando en cada caso los rifles en sus hombros y disparando a dar, rompiendo el silencio reinante con el silbido prolongado del disparo, provocando que bandadas de pájaros alzasen el vuelo de los árboles cercanos.  Ellos eran apuestos galanes a la altura de ellas y también intentaban tener puntería, dirigir las balas a los cuerpos en movimiento de aquellos extraordinarios especímenes que se iban topando. La adrenalina corría por sus venas, había algo maléfico en la mirada de cada uno, se sentían poderosos y sobre todo eran conscientes de que podían matar; pero tras casi toda la mañana, sólo consiguieron cobrar un par de pequeñas piezas.

La princesa Zulema, que había quedado algo rezagada, de repente lanzó un grito. Todos corriendo acudieron a su encuentro.

- ¡He visto un hombre desnudo!- dijo al verlos llegar.

- ¿Qué?- preguntaron todos.

- ¿Que gracia no? ¡He visto ahí mismo un tío en pelotas!

- ¡Será un aborigen de alguna tribu cercana!- sentenció Bond.

- No, cariño, era un tipo tan blanco como tú o yo- explicó Zulema.

- Mi tío Horacio en uno de sus viajes, al naufragar, vivió con una extraña tribu de Papúa –Nueva Guinea, y se pasó un montón de días en pelotas por la selva y comiendo cerebros humanos y cangrejos, hasta que por fin un carguero lo recogió y lo acercó a Melbourne. No hay coctail en que no lo suelte…- dijo Graciela casi con desidia.

- ¿Quién será ese tipo?- preguntó retóricamente Zulema.

Entonces se oyó una voz varonil que dijo:

- Yo ser Tarzán.

Y todos se volvieron hacia él. Era un tipo alto, blanco como había dicho Zulema, apenas cubierto el cuerpo musculoso con un taparrabos de leopardo. Los cuatro se quedaron embobados ante él.

Al parecer Tarzán se había perdido de niño en la selva y fue criado por una tribu Zulú. No había conocido la civilización salvo por los osados blancos que se introducían en la selva a cazar y a negociar con miembros de su tribu. Algunos lo llamaban “el gran mono blanco.”

Tarzán invitó al grupo a su aldea. Cuando llegaron una nube de gente, todos negros por supuesto, rodearon a los cazadores y empezaron a bailar y a cantar a su alrededor. Cocinaron para ellos un antílope recién cazado. Tras la cena continuaron bailando al ritmo de los bongós una de sus frenéticas danzas. La noche se convirtió en lasciva y mágica.

Tarzán después de cenar se puso a flirtear con la rubia princesa Graciela. Aquel color de pelo que él nunca había visto antes en una mujer lo tenía completamente erotizado desde que le echo la vista encima escondido en la maleza el día anterior. Le tocaba con cierta brusquedad de simio la cabeza, jugando con mechones de su cabello. La princesa Zulema, por su parte, tampoco perdió el tiempo y se lanzó imitar a aquellos cuerpos atléticos de los negros, y también empezó a dar cabriolas y saltos sobre el suelo de polvo rojo. James en vista del panorama, y saltándose las exigencias a que lo obligaba estar en una misión secreta se volvió hacia Indy, y juntos empezaron a beber el extraño licor que preparaban los nativos y que aunque sabía a leche fermentada agria emborrachaba.

La princesa Graciela y Tarzán acabaron pasando la noche juntos, ella que estaba acostumbrada a que los hombres llegasen hasta ella con miedo de romperla, disfrutó las caricias rudas y casi animales del “gran mono blanco,” y pronto al verse desnuda entre pieles de leopardo y león, amada por él, se sintió fuera de cualquier palacio, y como si fuera la primera mujer de la creación.

Zulema de Damasco se llevó a tres o cuatro indígenas con ella a dormir y poco durmieron. Decidieron convertir la velada en una para todos y todos para una. Aquella noche tan especial también era distinta para ella, que había salido triste de las mil y una noches y había sido lanzada al mundo como un fiel perro abandonado. Descubría a medida que pasaban las horas que no quería vengarse de nadie, que no quería olvidar nada, que sólo deseaba disfrutar del aquí y ahora. Ser por el amor aunque fuese carnal estimada como lo que era, una mujer, tuviera o no hijos.

James y Jones se emborracharon y empezaron a cantar el God save the Queen, mientras gentes de la tribu los veían con ojos como platos, y a veces reían. A ellos también les dio la risa hasta que empezaron a hacerse arrumacos y cayeron uno en los brazos del otro. Indy volvió a verse en los días felices de Nueva York, en las carreras por las abarrotadas aceras de la Gran Manzana como dos colegiales, escapándose él de las charlas sobre fenicios y asirios. En ambos sentados frente a frente en pequeños cafés de Manhattan, comiendo juntos como si fuesen pareja de mucho tiempo atrás, para acabar yéndose a la cama a disfrutar del placer sodomita. Y James acariciando nuevamente el cuerpo de Indy, su piel gruesa y a tramos peluda no podía evitar por contraste recordar los suaves senos de Graciela o de Zulema, sus sensuales labios, sus sobacos calientes y depilados donde a él le gustaba tras el placer meter sus manos y ponerse a hablar con ellas. Así que tras amar a Indy también se puso a hablar con él porque quería olvidar, quería desechar esa imagen de él con las manos calientes en los sobacos depilados de ellas.

- Tienes que creerme…Zulema trabajó durante muchos años para vosotros, los americanos, y cuando el jeque, su marido, la repudió todos nos pusimos nerviosos. Se despertaron sospechas de todo tipo, podían haberla descubierto y por eso la echaban de esa manera, o incluso podía ser más grave si ella era una agente doble y hacía llegar información a Moscú. Fui el único que consiguió acercarse a ella, y tenía que asegurarme que no había desertado, que no la habían descubierto, que nada grave había ocurrido y que tras el telón de acero nada iban a saber de nosotros por ella…- le explicó Bond a Indy.

- Te creo, sobre todo, porque esa tía me ha proporcionado un montón de información sobre la joya más buscada de la antigüedad, y me ha dado los contactos necesarios para obtener documentos y otro material al respecto allí en su país. Voy a ser la expectación en el próximo congreso de arqueología de Baltimore- replicó Indy.

La mañana amaneció diáfana con un límpido cielo azul sin nubes pero todos tenían resaca y ojeras. Ellas con gafas de sol y sentadas como muñecas mecánicas sin cuerda y ellos como recién salidos del desembarco de Normandía. Aún así estaban todos juntos desayunando  algo parecido a unas papas de maíz que revolvían con la desidia que requerían sus ultrajados estómagos.

Empezaron a contarse sus planes inmediatos, porque tras los simultáneos excesos de la noche cada uno había decidido finalizar aquel caótico safari.

- La verdad es que ya estoy hasta el moño del principado, no os hacéis una idea de lo pejiguero que es un jefe de protocolo, la de palabras que te retiran de la boca, la de cosas que te prohíben hacer, decir, pensar… me parece que me voy a ir a Hollywood, allí un escándalo siempre es otra cosa, sea o no de tipo sexual, a nadie le importa al fin de unos días si dijiste o hiciste o dejaste de decir o hacer, allí los escándalos sirven para hacer fiestas y amigos, y nunca son simples desavenencias, o pequeños incidentes, o amargos sucesos. Tal vez pueda hacer cine con Cary Grant o con James Stewart… podría hacer de chica de la cantina, o de novia de un gánster, qué sé yo…- dijo la princesa Graciela de Mónaco metiéndose las paparruchas en la boca como si fuera caviar.

- Pues yo me quedo aquí- soltó la princesa Zulema de Damasco- , estoy harta de ser una princesa a la que han abandonado, desterrada, siempre con los matones de mi marido siguiéndome a todas partes para protegerme o para no dejarme vivir en paz ni lejos de él. Aquí con estos tiarrones puedo sentirme como la reina de Saba. Haré de esta selva mi nuevo reino, un reino depravado y de libertad. Además detesto viajar sola y apartar moscones todo el tiempo. Aquí sé que voy a sentirme como una auténtica diosa.

- La verdad… creo…- empezó dubitativo Indy- que hasta hace un momento no sabía qué iba a hacer, pero oyéndoos lo he comprendido. Estoy hasta los huevos de la vida académica, quiero esto: aventura, locura, desenfreno… voy a empezar a realizar investigaciones de campo, empezaré a buscar el arca de la alianza, el santo Grial… ¡voy a ver mundo, joder, sí, eso voy a hacer, voy a pasar de todo, a comprarme un macuto, un gorro, un látigo, y ¡hala, a buscar antiguos tesoros!

- Pues yo, diantre, tengo que volver a Londres. Pero esta vez conseguiré que me concedan licencia para matar y luego trataré de colarme en la próxima misión a la luna de la NASA… porque vosotros no lo sabéis pero la amenaza no son los rusos, ni los chinos,  el verdadero peligro que nos acecha… son… los extraterrestres…- fueron las palabras casi susurradas al final por Bond.

Cuando todos se levantaron e iban de nuevo hacia su campamento apareció Tarzán con un hatillo al hombro. Las chicas se lo comían con los ojos, e Indy y Bond para qué negarlo también, aunque cohibidos, trataban de disimularlo.

- ¿Dónde decir que haber muchas mujeres de pelo así como tú?- le preguntó con su voz grave a la rubia.

 

Carlos Pereira

 

 

 

 

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